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Pues yo sí quiero que me dejen atrás, ¡por favor!

Gerhard Mester. Fuente: Wikimedia Commons.
Viñeta de Gerhard Mester. «¿¡Darnos la vuelta!? ¿Ahora que hemos llegado tan lejos!?!». Fuente: Wikimedia Commons.
Si hay una expresión que resume a la perfección el totalitarismo del Progreso es la de «no dejar a nadie atrás», que en inglés incluso tiene sus siglas y todo en las páginas de la ONU: LNOB. Un «valor universal», dicen. Da lo mismo adónde vayan esos que no quieren dejar a nadie atrás, cuál sea la dirección o la velocidad: ¡avanzar es un valor en sí mismo!

Tanto vale para hablar de los (putos) ODS, como de la digitalización de tal o cual sector o servicio, de esta política progre o de la de más allá. Es, sin lugar a dudas, la frase de la década. El lema del futuro inclusivo por excelencia. El mantra autoritario del socioliberalismo más paternalista.

A mí ya me toca tanto las gónadas esta insistencia retórica en arrastrar a todo dios hacia caminos a cada cual más insostenible y suicida, que me amenazen diciendo «¡No vamos a dejar a nadie atrás!»… que quiero decir alto y claro: ¡Basta ya!, ¡por favor, a mí déjenme atrás! No tengo la más mínima gana de seguirles hacia el precipicio donde termina la delirante carrera hacia el Progreso Perpetuo. No tengo ganas de ser más moderno, más digital, más de nada (de lo que me ofrecen). Mi atrás es mejor que su adelante. Estoy harto de que me progresen. Virgencita, yo quiero quedarme donde estoy, o incluso regresar: unos pasos más atrás del abismo se está bastante mejor.

Vade retro, Progreso!!!

No quiero ir hacia donde va el mundo. Así que déjenme en paz y ¡déjenme atrás!

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