(Esta reseña es una versión extendida, y con enlaces e imágenes añadidos, de la publicada en la revista Papeles, nº 171, pp. 137-140. Fue originalmente escrita en mayo de 2025.)
VV.AA., Astiberri (Bilbao) & Greenpeace España (Madrid), 2024, 112 págs.

Sin embargo ya la contraportada me produce la primera sensación de chasco. En ella leo: «Frente a un mundo al borde del precipicio, parece que nuestro imaginario se complace en nutrirse de ficciones de colapso y apocalipsis como vía de escape». Eso da a entender que «colapso» y «apocalipsis» es lo mismo, diferencia cuya incomprensión precisamente nos incapacita para imaginar «futuros factibles», como pretende esta obra. Se puede y se debe imaginar el colapso (entendido como reducción brusca de la complejidad civilizacional), básicamente porque no lo podremos evitar, y cuanto antes lo reconozcamos antes podremos preparar los botes salvavidas; y se puede y se debe imaginar también el apocalipsis, conocer el camino que nos lleva a él para evitarlo, parafraseando a Niccolò Machiavelli. Y es cierto que existe un enorme déficit de tipos diferentes de ficciones anticipativas/especulativas, de política ficción, incluso. Pero si el marco de lo posible, de lo imaginable y de lo deseable nos viene marcado por una organización como Greenpeace (coordinadora de la obra y seleccionadora de contenidos y de artistas, aunque claramente con bastantes sugerencias de Astiberri), que claramente viene apostando por el tecnoapaño para salir del atolladero donde nos hemos metido, partimos ya de una imaginación miope y limitada: para que nadie se llame a engaño, el título aparece enmarcado en la portada de Núria Tamarit por sendos paneles fotovoltaicos, símbolo por excelencia del technofix pseudorrenovable al declive energético fósil y al caos climático, las dos paredes que se cierran en un mismo callejón sin salida en el que nos encontramos.
Y es que estos símbolos de las mal llamadas energías renovables y del relato hegemónico acerca de la Transición Energética están omnipresentes a lo largo y ancho de esta antología: paneles fotovoltaicos (en portada, «Hiru Ahizpak», «Nuestro futuro anterior», «La torre de Babel», «La canción del mañana», «La espiral de Andévora», «Nuevas eternidades»), los aerogeneradores («La torre de Babel», «La canción del mañana», «La espiral de Andévora») e incluso el coche eléctrico («La torre de Babel», «La espiral de Andévora»). Por supuesto la bicicleta, tecnología realmente sostenible, también está presente en muchas de estas páginas. Pero no encontramos un solo animal de tiro ni de monta (tan sólo aparece un burro en una viñeta, como «cortacésped»), imprescindibles en todas las sociedades preindustriales, y que también lo serán en las postindustriales, por su carácter eficiente y renovable, mal que les pese a la mayoría de animalistas.
Nos dicen que las autoras y autores de estas siete historias ha recibido durante el proyecto «orientación de personas expertas», pero en ningún lugar aparecen estas «expertas» identificadas. El texto inicial —que no lleva firma pero presuponemos que obra de GP— comienza con «¿Te imaginas… que las ciudades se vuelven habitables y llenas de vida..?», lo cual es un ejercicio sin duda necesario, pero llama poderosamente la atención que se omita cualquier mención a la no-ciudad, a lo rural, que debería ser el principal objetivo de nuestra imaginación en un contexto despetrolizado, puesto que la hiperurbanización es dependiente del petróleo abundante y barato y sin él se desmoronará. Aunque sin duda alegra ver en dicho prólogo el concepto positivo de «un paso atrás», quizás muestra de que GP comienza a considerar el Decrecimiento como una necesidad, tal vez una denominación alternativa del «Gran Giro» —¿de 180º?— mencionado en no pocas páginas y que nos remite a Joanna Macy.







Como conjunto el libro carece de suficiente realismo climático, pues en ninguna de las historias sucede ningún evento meteorológico extremo, y apenas podemos encontrar algunas menciones a que hace más calor, una visión del calentamiento climático que a estas alturas debería estar superada ante el concepto más adecuado de caos. Probablemente este y otros fallos de la obra son consecuencia de poner a autores de cómic sin un currículum previo relacionado con el ecologismo a imaginar futuros, con un asesoramiento posiblemente demasiado optimista respecto a la evolución de la destrucción biosférica y del mantenimiento de una civilización compleja en ausencia de combustibles fósiles de alta tasa de retorno energético. Así, en ocasiones uno acaba preguntándose si está leyendo un cómic impulsado por una organización ecologista o viendo un largo anuncio de lavado verde de una gran compañía energética, con esas plantitas colgando de todas partes en los edificios, las placas solares y demás panoplia de tecnologías avanzadas. Resulta también sorprendente que ni el capitalismo ni siquiera la mera obsesión por el crecimiento se cuestionen expresamente. Dado que uno de los objetivos es presentarnos economías diferentes, resulta frustrante que en ninguna historia se explique prácticamente nada de cómo funcionan esas nuevas economías deseables y viables, aunque quizás «Nuestro futuro anterior» sea la que más se acerque a ello.
El libro se completa con un epílogo de Eva Saldaña, directora de GP España donde nos aporta algunas claves para entender la inspiración que se supone han intentado plasmar los diversos autores: «esferas [?] imprescindibles para sostener la vida: nuevas sensibilidades [?], regeneración de ecosistemas, reducción significativa [?] de la demanda energética, salto en escala [!] de las energías renovables, colectivización de muchas necesidades [querrá decir la colectivización de los medios para satisfacerlas], transición agroecológica, economías regenerativas, reequilibrio territorial, avances en la justicia ecosocial, priorización de los derechos básicos y las tareas de cuidados». Quizás de todo ello lo más problemático sea no reconocer la necesidad de una reducción drástica de la demanda energética, y que el «salto en escala» no puede realizarse a la escala que GP pretende y menos aún, con sistemas industriales de captación que no son realmente renovables y emancipadores (Luis González Reyes), que dependen absolutamente de los combustibles fósiles, y que —lo peor de todo—, implicarían un aumento notable de las emisiones de GEI, justo al contrario de lo que nos prometen los acríticos defensores del mantra «las renovables son la solución al cambio climático«.
Se incluye al final, además, una relación de obras y experiencias recomendadas, que incluye trabajos interesantes y otros que no tienen nada que ver con la temática, junto con ficciones inspiradoras que pecan del mismo ecomodernismo que buena parte de las historietas incluidas, como es el caso de El Ministerio del Futuro. No obstante, resulta alentador encontrar entre estas referencias inspiradoras a Carlos de Castro, Los desposeídos o Estación Once, aparte de las imprescindibles Yayo Herrero, Mies & Shiva, Turiel y Taibo, Servigne y Latour. Así pues, las referencias revelan el despiste de algunos de los autores mientras que otros van atando cabos para ver el problema desde un punto de vista sistémico y se nutren de algunas ficciones y textos divulgativos imprescindibles.
En definitiva, la obra resulta un proyecto bienintencionado pero con un resultado bastante pobre y decepcionante, habida cuenta de todo lo que se lleva décadas reclamando e imaginando en el mundo ecologista hispano. En general nos presenta mundos imaginados que parecen propios de los años 90, pero que resultan tristemente ingenuas en un mundo con casi todos los planetary boundaries sobrepasados, posiblemente con puntos de vuelco climático activados (tipping points) y con un auge demencial del autoritarismo militarista, neocolonial, extractivista y genocida.
Además prácticamente todas las historias trascurren en ambientes urbanos. Ninguna se centra en lo rural, ni aparecen prácticas agrícolas: a lo sumo horticultura urbana, con algunos animales asomando por algunas viñetas. Tampoco aparece un factor clave para definir nuestro futuro: ¿cómo alimentarnos a medida que el «final de las estaciones» (Turiel, Valladares y Bordera) vaya haciendo cada vez más difícil la agricultura?
Eso no quiere decir que la obra carezca de ciertos méritos: al menos se insiste en muchas de las historias en la necesidad de que cuestiones como la alimentación, la energía, la vivienda sean colectivizadas y aseguradas de manera gratuita a todo el mundo, lo que rompe con las lógicas capitalistas, aunque se esquive atacar frontal y expresamente al Capitalismo, que parece una palabra todavía un tanto tabú para organizaciones como GP.
Uno se acaba preguntando tras finalizar la lectura de Ecotopías: ¿es esto lo mejor que puede proponer Greenpeace para inspirarnos al «Gran Giro»?, ¿es lo mejor que pueden imaginar los autores y autoras españolas de cómic sobre nuestro «Siglo de la Gran Prueba«? Claramente, no. Se puede y se debe hacer mucho mejor, y tenemos artistas con capacidad de sobra para hacerlo con la colaboración de las personas expertas en nuestras organizaciones y universidades capaces de aportar el realismo suficiente a sus creaciones.
Se supone que todas estas historias se basan en unas experiencias semilla que los autores y autoras han estudiado, pero que GP reconoce que «no se pueden expandir todavía porque el sistema es demasiado opresor». Pues entonces, ¿qué hacemos? ¿Depende la ecotopía que deje de ser tan opresor el sistema capitalista? ¿Estamos hablando de reformarlo o de contribuir activamente a su derrumbe? Debemos suponer que dichas experiencias inspiradoras de los inspiradores son la decena mencionada al final, donde vemos algunas que dependen totalmente de la alta tecnología, y otras que son plenamente rurales pero de las que no vemos ninguna huella en las historias (el monte comunal, por ejemplo), junto a otras que nada tienen que ver con la creación de resiliencia comunitaria y que, por tanto, están lejos de ser representativas de la revolución durante el colapso que necesitamos encender. Al partir de una selección de experiencias tan limitada y dispar, los autores menos conscientes de los parámetros del colapso en marcha, asesorados además por la tecnooptimista visión de GP, era difícil que ofreciesen algo mejor, y tan sólo salvan con dignidad el encargo aquellos previamente mejor informados e inspirados.
Se queda uno con la triste sensación de que una parte importante del movimiento ecologista es incapaz de imaginar futuros en los que no sobrevivan los elementos de alta tecnología. Ecotopías nos deja con hambre de futuros imaginados de baja tecnología, neoagrarios, con tecnologías apropiadas (humildes las llaman otros), nos deja con ganas de visualizar «ecosocialismos descalzos» (Riechmann).
¿Qué tipo de horizontes básicos quedan dibujados en la obra? ¿Con qué ideas se quedan los lectores? En resumen: que el cambio climático apenas va a afectar a la vida de las personas, que la alta tecnología industrial puede seguir existiendo incluso dentro de un siglo, que la sociedad seguirá siendo principalmente urbana, que el Gaianismo puede llevar al fanatismo y a sociedades jerárquicas estamentales, que no habrá migraciones importantes… Si este es el «diagnóstico compartido» por los autores de estas Ecotopías, tal como nos dice GP, tenemos un grave problema.
Ya desde el principio la veterana organización ecologista internacional reconoce que se trata de ofrecer «relatos más positivos, de esperanza», aunque la esperanza sea un concepto muy cuestionado en estos momentos, como han argumentado entre otros Jorge Riechmann o Antonio Turiel, sobre todo si no va a acompañado del adjectivo «activa» (Joanna Macy). Si el objetivo de la obra era nada menos que hacer «predominantes en nuestra imaginación» los relatos que nos muestra «porque son posibles» (Eva Saldaña, en la revista de GP), hay que reconocer que se trata de una obra fallida, porque ni dejan un impacto destacable en nuestra imaginación ni son en realidad posibles. Y, es más, si pretenden dibujar «futuros esperanzadores frente a la ecoansiedad», me temo que sólo puede crear más ansiedad y frustración airada el vano intento de depositar la «esperanza» en un futuro con alta tecnología y sin los efectos ya inevitables —por simple inercia— de un caos climático disparado.
Nos decía también GP en su revista, hablando de este proyecto, que «el futuro de la Humanidad y del planeta no es el que te cuentan las pelis». No sabemos a qué películas se refieren —¡como si sólo hubiera un único relato monolítico del futuro en el mundo de la creación audiovisual!—, pero tampoco parece que sea el que nos cuenta esta antología en cómic.
Pese a todos los defectos del resultado, quisiera terminar aplaudiendo la iniciativa de coeditar entre una organización ecologista y una editorial de prestigio como Astiberri, y esperemos que este tipo de colaboraciones dirigidas al gran público continúe y se vaya abriendo la imaginación a futuros más realistas que los presentados en esta ocasión, realizando una mejor selección de fuentes científicas, de artistas y de visiones expresamente poscapitalistas.