//

Las dos esperanzas

Ante esto del cambio climático hay, básicamente, dos tipos de esperanza: la cómoda y la jodida.

Montaje de Casdeiro a partir de un cuadro de Giotto di Bondone.
La cómoda, la fácil, la que no nos exige apenas esfuerzo, es la que confía en que la tecnología nos venga a arreglar el día. Es muy cómoda para la mayoría, porque la mayoría no se tiene que encargar de inventar, construir o desplegar esas tecnologías milagrosas: «¡Que inventen otros!», ya sabéis. O que otro salve el mundo, que a mí me da pereza, como cantaban Focomelos. Si te apuntas a este club (¡anunciado en TV!), como mucho te van a pedir que compres bombillas de bajo consumo, que recicles, que compres a empresas verdes… lo de siempre. Esperanza como virtud teologal de la doctrina del Progreso «por la que se espera que la Diosa Tecnología dé los bienes que ha prometido», parafraseando a la RAE. Esperanza como anestésico. Una esperanza pasiva.

Pero después está la esperanza jodida, la difícil de asumir, la que implica «sangre, sudor y lágrimas«, sacrificios personales y colectivos nunca vistos. Como ir a la guerra, vamos. O hacerte harekrishna y dejar todo atrás. Convertirte. Echarte al monte. Decir adiós al único modo de vida que has conocido hasta ahora. Adentrarte en terra ignota, abrazar la sombra. Pelear. Renunciar a todo para salvar algo. Esperanza como estimulante, como alimento. Una esperanza activa.

Así que, ya sabes: cuando alguien te diga que hay que «tener esperanza» frente a este caos climático que avanza imparable, frente a la destrucción del mundo o simplemente (!) frente al declive de la energía que sostiene esta civilización, pregúntale a ver de cuál de estas esperanzas te habla.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Lo último de Breves