Ante esto del cambio climático hay, básicamente, dos tipos de esperanza: la cómoda y la jodida.

Pero después está la esperanza jodida, la difícil de asumir, la que implica «sangre, sudor y lágrimas«, sacrificios personales y colectivos nunca vistos. Como ir a la guerra, vamos. O hacerte harekrishna y dejar todo atrás. Convertirte. Echarte al monte. Decir adiós al único modo de vida que has conocido hasta ahora. Adentrarte en terra ignota, abrazar la sombra. Pelear. Renunciar a todo para salvar algo. Esperanza como estimulante, como alimento. Una esperanza activa.
Así que, ya sabes: cuando alguien te diga que hay que «tener esperanza» frente a este caos climático que avanza imparable, frente a la destrucción del mundo o simplemente (!) frente al declive de la energía que sostiene esta civilización, pregúntale a ver de cuál de estas esperanzas te habla.