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¡¿Ambición climática?!

De un tiempo a esta parte observo con creciente preocupación el auge del término ambición climática no ya sólo por parte de nuestra clase gobernante sino también de ciertos sectores de la izquierda y del ecologismo. Baste como muestra un reciente artículo de Florent Marcellesi: «Al igual que Europa, España debe aumentar su ambición climática«.

Mi preocupación se deriva de lo inadecuado que considero ese término para los fines que presuntamente se buscan, es decir, para insistir en la necesidad de políticas más decididas y contundentes para poner freno o paliar el caos climático en marcha.

Ambición, según el DRAE es, en primera instancia el «Deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama.» Así pues, deberíamos considerarlo un contravalor, parte precisamente de la misma cultura capitalista y del crecimiento perpetuo que nos ha metido en el problema del caos climático. Si unimos esto al hecho de que una palabra que representa un valor positivo para el cambio cultural que necesitamos como civilización, como es austeridad, ha sido también deformado por las élites para usar como eufemismo ocultador de lo que no deja de ser un trasvase de riqueza pública, detrayéndola de los servicios públicos para repartirla entre los más ricos (vía rescates de bancos, pago de deudas odiosas, gastos securitarios, etc.), estamos ante una capitulación de la cultura de izquierda ante la terminología creada (deformada más bien) por y para las élites.

Por otro lado, no sólo es por representar un contravalor que me parece detestable la utilización de ambición climática, sino porque da a entender de que lo que estamos haciendo es escaso, sí, pero suficiente o al menos adecuado. Así, si hablamos de que una persona carece de ambición, estamos criticando que no quiera ir más allá de lo cómodo, de una estabilidad cierta, no que esté haciendo algo mal, y mucho menos peligroso. Es decir, una persona que no da los pasos suficientes para evitar caer por un precipicio no decimos que no esté dando «pasos ambiciosos». O una persona con una grave drogadicción no decimos que no esté siendo «ambiciosa» si no deja completamente de usar drogas. O cuando una persona al volante de un coche debe pisar a fondo el freno para evitar un choque, no decimos que le ha faltado «ambición» por haber pisado tarde o demasiado suave. Nuestra profesora de autoescuela no nos dirá: «Tienes que ser más ambicioso pisando el freno, porque si no, te comerás al otro coche». Tampoco reclamamos «ambición» a las medidas gubernativas para proteger a la población ante la pandemia de COVID19. Ni les reclamamos a los profesionales de la medicina medidas más «ambiciosas» para curar un cáncer, si lo que nos están recentan apenas sirve para aliviar los síntomas.

Sí que usamos este término, en cambio, cuando una persona se conforma con un trabajo cómodo cerca de casa en lugar de otro mejor remunerado en otra ciudad, por ejemplo, o cuando no guía su vida por grandes proyectos ni persiguiendo un alto nivel de vida: «No fue ambiciosa». Es decir, aunque aceptemos el uso sensu lato del término (no vinculado a la riqueza y fama), al reclamar ambición estamos dando por bueno, por aceptable, que lo que hay ahora está bien, para nada que sea algo peligroso, pero que estaría mejor algo más. Cuando uno busca la supervivencia no busca la ambición: son cosas muy diferentes. He ahí un grave error comunicativo de quienes usan este término. Deberíamos decir claramente que las políticas actuales son «insuficientes para asegurarnos la supervivencia», no que son «poco ambiciosas». Es un mensaje que les hace el juego a quienes quieren dar por aprobables, aceptables, las políticas actuales.

Así pues, cada vez tengo mayores dudas acerca de si ecologistas e izquierdistas estarán sufriendo un caso de contaminación léxica o más bien contaminación ética, pues dan muestras de haber asumido valores netamente contrarios a los que toca defender en este momento de choque contra los límites, al considerar negativa la austeridad y, por contra, positiva la ambición.

Si no nos preocupamos por usar con propiedad el lenguaje —además de una deseable estrategia comunicativa bien cuidada— para comunicar acerca de lo que seguramente es la mayor amenaza a la que se haya enfrentado nunca nuestra especie, entonces… ¿cuándo lo haremos?

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