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Pobreza energética e ignorancia energética

Estos días se ha estado debatiendo en el Parlamento de Galicia acerca del «problema» de ese nuevo concepto recientemente inventado de la «pobreza energética». El simple hecho de que se hable de tal lo considero muy revelador de la enorme ignorancia de nuestros políticos acerca del papel de la energía en nuestra sociedad y en las vidas humanas. Si tuviesen una mínima idea, sabrían que toda pobreza es energética, pues la pobreza significa, en última instancia, no disponer de energía. Inventando este término y utilizándolo en el debate público se está insistiendo en el error —propio de la economía dominante, más una superstición sin base científica que una ciencia— de que dinero y energía son cosas inherentemente diferentes, sin correlación entre sí. Y contribuyendo, de paso, a extender la incomprensión social del papel de la energía en nuestras sociedades.

Como xa teño lembrado noutras ocasións, toda pobreza es energética, pues si no carecemos de energía, no somos pobres. Y aunque tengamos mucho dinero, si no tenemos energía, también lo somos (esto ahora puede parecer raro, pero el declive energético nos abocará a una desfase entre energía disponible y dinero en circulación que podrá hacer ese caso bastante común).

Por tanto dejemos de hablar de pobreza energética y hablemos, con propiedad, de pobreza a secas y de los efectos que tiene esto sobre la disponibilidad de energía en sus diversas formas (calefacción, agua caliente, pero también trasporte, alimentación, etc.). La energía está embebida en todo lo que consumimos, y cuya carencia define también la pobreza. Toda pobreza es también, pues, emergética.

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