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El mítico poder del Capitalismo frente a la Termodinámica

De nuevo me encuentro escuchando a una persoa que entiendo culta y bien informada de cómo funciona el mundo, alegando que el Capitalismo encontrará la manera de superar el peak oil. En concreto sus palabras fueron:

Creo que no va a pasar. Si algo caracteriza al Capitalismo, es su capacidad de reinventarse una y otra vez. De hecho ya hay alternativas al petróleo que no se usan porque éste sigue siendo más barato en términos cortoplacistas.

Ilustración: fe irracional en el poder del capitalismo frente al descenso energético

A raíz de estos comentarios quiero aprovechar para repasar aquí para esta persona y el público en general, algunos de los argumentos que desmontan esa creencia, y para traducir algunos de ellos que fueron publicados originalmente en gallego o trasmitidos en ámbitos virtuales restringidos.

En uno de estos ámbitos privados otra persona me dijo a principios de 2011 algo muy parecido:

No creo que no tengan ya alternativas para cuando no haya petróleo, seguro que ya las tienen, y las sacarán para hacer negocio cuando les convenga.

Traduzco la explicación que le di entonces y que puede bien valer también para quien hoy conversa conmigo sobre el mismo tema:

Para ser una persona de izquierdas, ¡tienes mucha fe en el sistema capitalista! ;-D En serio, es algo frecuente en la izquierda y es lo que pretendíamos resaltar en aquel debate que publicamos en el blog de Véspera de Nada.

Tenemos un problema muy grave si nosotros, dentro de la izquierda, somos los que en el fondo más creemos en las capacidades taumatúrgicas del sistema de mercado para sacarnos de cualquier apuro.

Tu posición —que como digo es frecuente encontrar en personas de todo el espectro de la izquierda trasformadora— implica varias asunciones que, fuera de toda demostración lógica, entran en el terreno de la fe o de la superstición:

  1. Que la técnica o la inventiva humana es capaz de encontrar algo (llámale X) capaz de sustituir al petróleo en el tiempo y la escala necesarios para que continúe la civilización industrial más o menos con las mismas premisas que tiene ahora, cuando en realidad está montada sobre algo que no es producto de la inventiva humana y que es irrepetible: una cantidad limitada de petróleo con la que nos encontramos y supimos aprovechar. La inventiva humana se limitó a inventar los medios para explotar ese tesoro geológico único, esa sustancia cuyas características de concentración energética, versatilidad de uso y facilidad de trasporte y almacenamiento la hacen única en todo el planeta.
  2. Que el capitalismo es capaz de controlar esa sustancia X, mantenerla escondida fuera de todo conocimiento, y de demorar su puesta en el mercado.

Sobre la improbabilidad de la primera asunción ya he hablado. Pero vayamos con la segunda, ya que ambas se deben dar para que lo que tú sugieres sea factible.

¿Podría el capitalismo demorar el empleo de una energía tal? ¿Le interesaría hacerlo, en caso de poder?

Yo creo que si aplicamos los propios principios capitalistas veremos que esa premisa los contradice claramente. Toda la historia humana se ha basado en el princpio de lo más fácil, primero, es decir, que si tenemos una energía muy a mano, tiramos primero de ella, y sólo después recurrimos a las otras. Esto tiene mucho que ver con la TRE (tasa de retorno energético) de cada tipo de recurso energético. Es decir que mientras el carbón fue la más rentable energética y económicamente que el petróleo, tiramos principalmente de él, pero cuando fue más útil el petróleo, nuestro tejido socioindustrial comenzó a hacer uso de él, arrinconando el carbón a unos usos secundarios. Esto es por un principio de eficiencia y de rendimiento básico, que el capitalismo lleva a su máxima expresión. En consecuencia, si el capitalismo hiciese como tú dices, no habríamos echado mano del petróleo hasta haber agotado el carbón, o al menos hasta haber llegado a su techo (o cénit) de extracción o a su techo de energía neta. Pero… ahí es donde veo la falta de verosimilitud de tu hipótesis: eso no sucedió así, y de hecho aún estamos en ese pico del carbón o a unos años de él, y el petróleo ya lo llevamos años usando. O sea, que guardar una energía en la manga no va con la lógica capitalista del beneficio a corto plazo y la maximización de la ganancia. Si hubiese una energía cuya TRE fuese superior a la actual del petróleo, ya la habríamos empleado, por estos principios básicos de la industria capitalista que he explicado. Y la TRE del petróleo ahora mismo es muy baja, una décima parte de lo que era en los años 1930 por no remontarnos más atrás. Es decir, que en el caso de existir tendría que ser inferior a la TRE actual (ponle 10:1). Imaginemos que existe pero que no se ha puesto en marcha porque tiene TRE = 9:1. Bien, pues entonces sería verosímil que se pusiese en marcha en cuanto su TRE fuese superior a la de un petróleo que habría caída ya a TRE = 8:1. Pero esto implica un problema: las TRE siempre caen, por el principio explicado antes, y si comenzamos con un sustituto de petróleo con TRE = 9:1, en pocos años estaríamos en las mismas que con el petróleo, con TREs cayendo por debajo del mínimo que necesita nuesta civilización (se ha calculado en 5:1).

Me temo por tanto que las dos premisas necesarias para que fuese posible lo que tú dices, no se sostienen.

Reconocerás que en consecuencia, la probabilidad de que sucede lo que dices y que el capitalismo nos salve mediante esa energía en la manga, es casi 0.

Yo imagino que como casi todos, tendrás gente que depende de ti en mayor o menor medida (familia, etc.). ¿Piensas hacer depender su futuro de que se cumpla algo tan sumamente improbable? ¿Vas a apostar todo a esa carta? ¿Vas a confiar en el poder mágico del capitalismo?

Reflexionad sobre esta cuestión, porque va a condicionar el resto de nuestras vidas.

O sea, que no: que el Capitalismo no tiene esa especie de superpoderes que le atribuyen muchos para sacar energía de la nada o para quebrar las leyes de la Física.

Tampoco tiene superpoderes la especie humana, ni su capacidad de inventiva (ingenuity le dicen los anglos) puede hacerle un corte de mangas a la propia Física. La tecnología sin energía no sirve de nada. El ser humano no puede fabricar energía con su cerebro (a no ser que creamos que las historietas de los X-Men son verdad).

Quienes insisten en estas posturas —y otras a las que nos tenemos que enfrentar casi a diario los divulgadores de las consecuencias del colapso energético— están bloqueados en la fase de la negación y ya sabemos las que vienen después: ira, negociación, depresión y aceptación. Es duro ver que la izquierda pierde tanto tiempo en la primera de las fases del proceso… al igual que toda la sociedad. Y lo peor es que temo que la segunda fase a donde nos lleve sea hacia el fascismo.

En un debate que tuvimos en la asociación Véspera de Nada otros compañeros aportaban sus explicaciones. La conversación la iniciaba yo diciendo que los anticapitalistas que confiaban en que el Capitalismo «algo inventará para no perder beneficios y mantener el sistema»

dan una respuesta que les impide ver la inevitabilidad de un descenso energético traumático basada a mi entender en una sobreestimación del poder del Enemigo (casi podríamos decir que constituye por sí mismo otro mito de nuestra sociedad). Es muy difícil hacerles ver a las personas que tienen ese modelo mental del mundo que el Capitalismo, por muy poderoso que sea económicamente, no tiene poderes mágicos capaces de saltarse las leyes físicas. Con ellos, como con otros, parece que no queda más remedio que esperar al duro enfrentamiento con la realidad de los hechos.

Xoán R. Doldán aportó la siguiente y extensa reflexión que ahora traduzco como inmejorable colofón a este post:

Esto irá en aumento a medida que nos acerquemos al problema y las evidencias sean mayores. Nuestro tono sonará cada vez más catastrofista y alarmista y del otro lado la respuesta será el atrincheramiento. (…)

Yo no sé si el mecanismo de (auto)defensa de quien contesta de ese modo responde tanto a mecanismos psicológicos como psicosociológicos. Como de ninguna de estas cosas soy experto la mía es una reflexión por fuerza insuficientemente meditada. Pero como mi ámbito es el de las ciencias sociales y mi disciplina es de corte estructuralista acabo por pensar en el todo y en sus elementos y en el modo en que se relacionan. Así que el contexto social considero que es determinante pero la relación de los individuos entre sí, la posición que ocupan en el cuerpo social, su papel como consumidores, o productores, etc., la ideología dominante, los mecanismos de percepción, información o manipulación, la conciencia social, las instituciones, etc. provocan actitudes individuales determinadas, a la vez que estas condicionan comportamientos sociales. Por tanto, nos movemos en una maraña de relaciones en la que somos actores y espectadores, sujetos pasivos y activos a un tiempo.

Intentaré explicarme (y seguramente no lo conseguiré):

«Cuando le saco el tema del cénit del petróleo y la que nos viene encima, responde sistemáticamente que «algo inventarán (o ya lo han inventado y está oculto)» pero con ese matiz propio de una ideología de izquierdas tradicional, de que ese algo que van a inventar será «para no perder beneficios» y seguir manteniendo el sistema capitalista.»

Esto creo que está muy bien retratado en un libro de hace unos años (publicado en español en 1990) Entropía. Hacia el mundo invernadero de Jeremy Rifkin, cuando describía la visión tecnológica que predomina en el mundo (pp.103-104):

“Si eliminamos toda la mística que envuelve a la tecnología, lo que nos queda, lisa y llanamente, es un transformador (…) de la energía acumulada en la naturaleza. (…) Resulta irónico que, a medida que la tecnología ha ido haciéndose más compleja y extendido su dominio sobre el mundo, hayamos llegado a verla como algo independiente de la naturaleza, como si generase su propia energía de la nada (…). Lo cierto es que la tecnología nunca crea energía; sólo consume energía disponible. Cuanto mayor y más compleja sea la tecnología, más energía consume. Por impresionante que a veces pueda parecer nuestra tecnología, también ella opera bajo el dictado supremo de la primera y la segunda ley [de la termodinámica], como todo lo que existe.(…) Aunque todo esto resulta bastante evidente, aún seguimos viviendo bajo la ilusión de que la tecnología nos está liberando de nuestra dependencia del medio ambiente cuando nada podría hallarse más lejos de la verdad (…). La tecnología nos hace más dependientes de la naturaleza, aunque físicamente nos aleje cada vez más de ella. (…) También alimentamos la creencia de que la tecnología está creando un mayor orden en el mundo cuando, una vez más, esto es sólo una parte de la historia (…). Cuando más deprisa perfeccionamos nuestra tecnología, más aceleramos el proceso de transformación, más deprisa se disipa la energía y más aumentan la contaminación y los desechos.

En resumen, estamos viviendo en una especie de mundo de pesadilla al estilo de Orwell. Nos hemos convencido a nosotros mismos de que la forma en que hacemos las cosas está creando un mundo completamente distinto al que en realidad creamos (…), hemos llegado a creer que el desorden es orden, que los desechos son valor y que el trabajo no es trabajo.

A medida que nuestro mundo se desliza más velozmente hacia el caos, nos mostramos cada vez menos dispuestos a identificar el origen del problema. Lo que hacemos, en cambio, es envolvernos más estrechamente en nuestro atuendo tecnologíco y defenderlo contra toda crítica, incapaces de reconocer lo que está haciéndole al medio ambiente en que vivimos y más incapaces todavía de reconocer lo que nos está haciendo a nosostros mismos. Seguimos aferrándonos a la ilusión de que estamos bien abrigados y protegidos, aun cuando cada vez nos hallamos más desnudos y amenazados por los fragmentos desordenados de un mundo de nuestra propia creación”

También insiste en otra parte del libro (pp. 277 y ss.) sobre las actitudes frente a una crisis entrópica y, en particular, considera tres clases de respuesta por parte de aquellos que no logran decidirse a dejar atrás la prevalecente visión del mundo, y que serían: los optimistas, los pragmáticos y los hedonistas. En los tres la negación de las implicaciones de la ley de la entropía supondrá aprender una lección demoledora y definitiva, como la de aquel hombre que se negaba a creer en la ley de la gravedad.

“este home sube al último piso de un gran rascacielos y salta al vacío. A la gravedad, por supuesto, no le importa en lo más mínimo que el hombre crea en ella o no, y procede a dar una lección al escéptico atrayéndolo inexorablemente hacia el suelo. Pero el hombre, dispuesto a aferrarse a cualquier paja con tal de defender su supervivencia física e intelectual, pasa a toda velocidad ante la ventana del cuadragésimo piso gritando. “Hasta aquí, todo va bien””.

De las tres posibles respuestas citadas anteriormente resumiré sólo la de los optimistas, ya que es la que viene más a cuento. Ellos basan sus esperanzas

“en la suposición, de que en alguna parte, detrás de la siguiente colina o en el laboratorio de al lado, se encontrará una solución tecnológica que nos permite seguir como hasta ahora (…). Los optimistas tecnológicos rechazan la idea de regresar a un flujo de baja entropía que esté más en consonancia con los procesos y ritmos naturales de los ecosistemas del planeta”

Un aspecto que creo que es interesante en este tipo de respuestas es la interiorización del discurso dominante, de aquellos que ejercen el poder (en este caso, incluso por personas de ideología de izquierdas). Según Maurice Godelier (en un libro también publicado en español en 1990, Lo ideal y lo material) los sistemas de representación son indispensables en la producción y uso de los medios materiales, acompañándose de actos simbólicos. Esta parte simbólica constituiría una realidad social tan real como las acciones materiales sobre la naturaleza (aunque su finalidad, razón de ser y organización interna tienen origen en la interpretación del orden social y cósmico). También afirma Godelier que hay dos elementos indisolublemente combinados en todo poder dominante y que lo refuerzan: la violencia y el consentimiento. Opina que la fuerza mayor de los dos elementos está en el consentimiento de los dominados. En la imposición del poder a una parte de la sociedad y su mantenimiento cuentan más la adhesión, y la convicción del pensamiento que lleva consigo la adhesión de la voluntad y la cooperación de los dominados, que la represión, la violencia física o psicológica o la aceptación (sin que estas dejen de ser importantes, ya que unas no excluyen las otras). Para que los dominados consientan espontáneamente su dominación es necesario que la entiendan como un servicio prestado por los dominantes, por el que su poder se legitima ante los dominados. Debe haber, pues, unas representaciones compartidas que unan el consentimiento con el reconocimiento de los beneficios, de la legitimidad y de la necesidad de ese poder. De esta forma para que las relaciones de dominación y de explotación se formen y se reproduzcan de manera duradera, deben presentarse como intercambio y un intercambio de servicios.

En el caso que nos ocupa los que consideran que los poderosos resolverán la cuestión porque les conviene, admiten que hay un intercambio y que en la búsqueda de beneficios de los dueños del capital monopolista surge un beneficio social y que, en ese reparto, nosotros obtendremos una parte. En el fondo es consentimiento del dominado que antes de enfrentarse a un cambio del que no conoce las consecuencias prefiere creer que la situación actual le resulta beneficiosa porque hay alguien (los dominantes) que velan, incluso por su propio egoísmo, por el bien de todos («para no perder beneficios y seguir manteniendo el sistema capitalista»). Se niega la propia realidad circundante, la de millones de personas excluidas de tal beneficio social, los/as condenados/as de la tierra por la acción de esos mismos monopolios. Se niega la propia lógica de funcionamiento del sistema capitalista y la prevalencia de las visiones a corto plazo de las empresas, donde el beneficio de hoy se anticipa a cualquier consecuencia a largo plazo (se supone imprevisible y por lo tanto, se cree que mutable), de manera que se niega la existencia de límites ecológicos y físicos. Se asume el sistema capitalista como sistema finalista, el fin de la historia que termina en el capitalismo como meta predeterminada a lo largo de la historia, y, de este modo, no sustituible por otro. No se dan cuenta de que, en cierta medida, las civilizaciones han entrado en colapso por un determinado uso de materiales y energía, que la crisis energética arrastrada durante el siglo XVIII desemboca en otro sistema energético (basado en carbón y no en recursos renovables locales, en particular la leña) y posibilita el capitalismo industrial, como el petróleo posibilitará el capitalismo monopolista. O se niega que el cambio energético supone un cambio en las pautas de producir, consumir, organizarse socialmente… O que las crisis de los sistemas energéticos son cada vez más frecuentes. Y esto puede corroborarse con datos.

(…) Quizás el capitalismo aún perdure algún tiempo pero exacerbando el control a todos los niveles y donde primará aún más una perspectiva cortoplacista.

Como ya aconteció en otros momentos de la historia (el fin del Imperio Romano), aún al borde del colapso mucha gente no era (o no quería ser) consciente de lo que estaba sucediendo y posiblemente sólo se dio cuenta (o lo admitió) cuando este ya había desaparecido.

Otro autor, C. Lévy-Leboyer (en un libro publicado en español en 1985, Psicología y medio ambiente), hace referencia a la percepción de riesgo ambiental. Habla de la tendencia a que de forma espontánea los afectados por una catástrofe se instalen en el mismo lugar (como sucederá en Haití y ya sucedió en otros lugares). Según algunos estudios que menciona, esto se debe a tres razones: las ventajas objetivas de esas regiones, la pasividad natural de los individuos que no superan las dificultades materiales de la instalación en otra zona y la subestimación de los riesgos. En este último caso no se cree que se vuelva a dar la catástrofe (aunque admitan que ya ha sucedido más veces en el pasado), o bien reducen la importancia del riesgo señalando la rareza y confiando en fuerzas protectoras cuyo modo de acción es impreciso (¿los capitalistas?). En definitiva, interpretan la realidad y se forjan un sentimiento de seguridad que no descansa en un análisis objetivo de la realidad.

Y añado. Dado que el uso de la energía en la actualidad puede ser (y es) considerado como una adicción, podríamos decir que también hay mecanismos psicológicos de negación semejantes a los de una persona con problemas de adicción. Después de una crisis el adicto (consumidor energético) insiste en volver a la adicción (usar energía), debido a la negación de su problema (o autoengaño) que pretende separar al adicto (consumidor de energía) de las consecuencias en su vida. Esta negación puede suponer además la minimización del problema, restándole importancia a los eventos relacionados con las consecuencias de la adicción (el cénit del petróleo). También racionalizando el problema, asignando una razón lógica a algo que no la tiene o que es irrazonable (ya se descubrirá algo para salvar el sistema capitalista, o suponer el descubrimiento de una fuente energética que no respete la termodinámica).

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