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La única salida: sustituir a todos los niveles competencia por cooperación

Ryan McGuire. Fuente: Pixabay.
Cómo evitar la caída en cuatro fases hacia la autodestrucción, me preguntan.

Muy sencillo, pero al mismo tiempo terriblemente complicado. Basta con hacer caso a una pequeña observación de la ciencia ecológica: la competencia es una estrategia adecuada para los sistemas cuyos recursos son abundantes o están en crecimiento, pero es muy inadecuada para aquellos sistemas que se enfrentan a la escasez de recursos, para los cuales la estrategia más eficiente es la cooperación.

Fijémonos en esa simple idea, porque tiene una importancia absolutamente trascendental para nuestro futuro: la estrategia más adecuada cuando escasean los recursos, es la cooperación.

Bastaría con aplicarlo a nuestros sistemas complejos en el plano internacional, nacional y local, y estaríamos en la senda hacia un gestión óptima del colapso y hacia una supervivencia digna. Sigamos como hasta ahora, compitiendo todos contra todos, y encontraremos la más trágica ruina y, con gran probabilidad, nuestra propia extinción.

Habría que obolir la OMC o trasformarla en la Organización Mundial de la Cooperación. Habría que establecer cuotas de uso de todos los recursos, sobre todo de los no renovables, como propone por ejemplo el Protocolo de Uppsala/Rimini para el caso del petróleo. Habría que prohibir la competencia en los sectores fundamentales, y reemplazarla por la cooperación obligatoria, regulada democráticamente. Así, no cabría que empresas compitiesen entre sí por ofrecer un producto o servicio como la electricidad o el alimento, sino que se seguirían criterios de ahorro de recursos, que por lo general se traducirán en criterios de proximidad: la empresa más cercana, los agricultores más cercanos o que menos insumos utilicen. Por supuesto, hablamos de economías planificadas. Ningún país debería competir con ningún otro, sino cooperar para procurar un descenso controlado del uso de recursos. Ninguna empresa debería competir con otra, por un mercado, sino repartirlos de manera arbitrada. Ningún trabajador con otro, sino compartir los puestos y el tiempo de trabajo. Ninguna entidad no lucrativa con otra por una subvención, sino coordinarse simbióticamente para realizar proyectos conjuntamente en cada área.

Necesitamos economías que planifiquen esta cooperación, economías como las que siempre ha habido a lo largo de la historia, es decir, reguladas, pues la desregulación capitalista es la excepción y sólo ha sido viable mientras ha habido sobreabundancia de recursos. Los neoliberales suelen identificar capciosamente economía regulada con economía soviética o socialista, ocultando el hecho de que todas las economías precapitalistas también lo eran, con muy diversos sistemas de regulación social. Como lo deberán volver a ser las economías poscapitalistas, si queremos tener una oportunidad de sobrevivir.

Así pues, cuando oigamos hablar de «competitividad», de «ser más competitivos», de «concurrencia competitiva», deberíamos traducir mentalmente lo que eso quiere decir en este momento de nuestra historia: «camino al suicidio colectivo».

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