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«No podemos decirle esto a la gente»

Portada de 'La izquierda ante el colapso de la civilización industrial'(Texto extraído del cap. 1 del libro La izquierda ante el colapso de la civilización industrial, publicado por La Oveja Roja en 2016.)

Si después de haber superado las reticencias mentales de algún(a) dirigente de izquierdas especialmente informado/a y concienciado/a sobre el problema del declive energético se llega al punto de proponerle alternativas de las dimensiones que el momento histórico requiere, es muy probable recibir por respuesta sencillamente que eso no se lo pueden decir ellos (su partido) a la gente. “Hablando de decrecimiento no se ganan elecciones”, que dijera Juan Carlos Monedero, de Podemos[1]. Es decir, ¡la revolución termina por no poder ser ni tan siquiera enunciada! …por lo menos por unas formaciones que llevan marcado el peligroso optimismo de la voluntad ya en el propio nombre: ¿cómo le va a decir a las masas un partido que se llama precisamente Podemos, que no pueden seguir creciendo, seguir teniendo todos un coche privado, comiendo frutas exóticas traídas de la otra punta del mundo, comprando el último modelo de smartphone, etc. etc? Yes we can… ¡sí, claro![2]

Un autor y activista social plenamente consciente de la situación de colapso, como es Emilio Santiago, reconoce así esta limitación sistémica[3]: “no se pueden ganar grandes mayorías sociales alrededor de un programa decrecentista que lleva a la limitación del consumo y al cambio de pautas de vida.” Y es que hablamos de limitaciones del consumo muy importantes, del orden del 80-90% en los países más industrializados, para situarnos idealmente en niveles medios internacionales que podrían equivaler a los actuales de un país como Cuba[4]. Como mucho, llegan a decirte que hay que esperar a que el proceso de recomposición de nuestra “estructura mental y vital” para “entender los límites del crecimiento” sea “amplio y generalizado”[5]. Y en este sentido los que reclaman una etapa previa de revolución de las conciencias, están poniendo el carro delante de los bueyes igual que los que reclaman la revolución de los valores (revolución ética) como paso previo para la trasformación del metabolismo civilizatorio, sin darse cuenta de que deben ser procesos mayormente paralelos que se realimenten mutuamente a lo largo del tiempo (hablaré de eso en el apartado dedicado a la llamada Revolución Integral). Señala crudamente Fede Ruiz que esa compatibilidad del habitual electoralismo a corto plazo de la izquierda con una presunta fidelidad a largo plazo, a la que iría abriendo camino la progresiva educación de la población, ha dejado de ser posible[6]:

Hasta ahora, en el campo de la izquierda transformadora, esto no representaba un gran problema. La idea era que mediante el combate ideológico y la toma de posiciones en instituciones estatales se irían cambiando progresivamente las relaciones de fuerza hasta llegar a una situación en que fuese posible un cambio brusco y radical de la estructura social dirigido o apoyado por las mayorías. Se jugaba a favor de la historia, todo era cuestión de tiempo y, como diría Althusser, el porvenir dura mucho. Nosotros sabemos que no es así, que sus plazos y los exigidos para oponerse al colapso ecológico con un mínimo de posibilidades son incompatibles. Pero ellos no pueden admitirlo porque todo su discurso político se desintegra si lo hacen.

Quizás es una concepción derivada de la clásica estrategia revolucionaria marxista-leninista de primero tomar el poder y después ir gradualmente desarrollando una conciencia comunista en la población. Pero es nuestro deber preguntarnos: ¿puede eso servir en esta situación crítica, excepcional en la historia, y en la que no solo se trata de renegar de la confesión capitalista para adoptar la socialista-comunista dentro de una religión básicamente con los mismos dogmas, sino de cambiar de religión completamente? En el pasado era común que los reyes adoptaran la confesión de sus súbditos, y que influyeran en ella, realimentándose, y así veíamos élites que pasaban del arrianismo al catolicismo, del catolicismo al luteranismo, del anglicanismo de vuelta al catolicismo… pero cambiar del Islam al Cristianismo, o viceversa, no podía concebirse sin guerras, genocidios o, como poco, limpiezas étnicas y apartheids. Algo similar es de lo que estamos hablando, sin duda, con el cambio que reclamamos a las organizaciones de izquierda y a nuestros conciudadanos. Dicho de otra forma: los decrecentistas y demás ralea no es que seamos herejes: ¡lo que somos es auténticos infieles! Bien dice Latouche que buena parte de la incomprensión de la izquierda con respeto al Decrecimiento procede de que no se trata de trocar una economía mala por una buena, sino de “salirse de la economía”, de apostatar de ella como religión que es[7]. Una conversión posible, sin duda, y sobre todo necesaria, pero en ningún caso fácil ni exenta de grandes conflictos.

Ahí encontramos un obstáculo final en nuestra carrera para conseguir que la izquierda actúe conforme a su misión en este momento crucial de la historia humana. Ya extenuados después de luchar contra el resto de barreras cognitivas, culturales e ideológicas que hemos estado enunciando, nos abate comprobar cómo los partidos políticos tradicionales, incluso siendo de izquierdas, cuando llegan a la plena consciencia de la gravedad de la situación civilizatoria, no son capaces de librarse de lo que podríamos denominar el efecto Carter. Jimmy Carter, por aquel entonces presidente de los EE. UU., en el contexto de crisis energética de los años 70 lanzó un discurso a su pueblo en el que llamaba por una urgente trasformación para reducir drásticamente su dependencia del petróleo, sin esconder que eso implicaría, como era lógico, un cierto nivel de sacrificios[8]:

El petróleo y el gas natural de los que dependemos en un 75% de nuestra energía, simplemente están agotándose… La producción de petróleo mundial puede que se mantenga durante otros 6 u 8 años, pero en algún momento de los años 1980 no va a poder seguir aumentando. La demanda superará a la producción. No podemos evitarlo.
(…)
Hasta cierto punto, los sacrificios serán dolorosos, pero así es como son los sacrificios que realmente cuentan. Llevará a un cierto aumento de costes y a algunos mayores inconvenientes para todos. Pero los sacrificios pueden ser graduales, realistas y son necesarios.
(…)
No debemos ser egoístas o tímidos si queremos tener un mundo decente para nuestros hijos y nietos.

El electorado de aquel país escuchó en la siguiente cita electoral, celebrada tres años después, otra cantinela muy distinta procedente de un actor metido a político llamado Ronald Reagan que le prometía no tener que hacer sacrificios, y que la fiesta del consumo podría continuar tras una década de bajo crecimiento, alta inflación y altos tipos de interés. En aquellas elecciones presidenciales de 1980, Reagan, con su mensaje ilusionante pero poco realista, venció a Carter y tuvo la inmensa suerte de que, efectivamente, la fiesta pudo continuar unos años más gracias a la explotación de nuevos yacimientos en Alaska, lo cual prolongó el cénit de la extracción del petróleo de aquel país aproximadamente durante cinco años[9]. Fede Ruiz, a raíz de la polémica por el programa neokeynesiano adoptado por Podemos, explica este problema con un ejemplo bien claro: “Los votos afluirán en masa a quien asegure que, con él en el gobierno, se podrá volver a cambiar de coche cada cinco años, no al que avise de que se acabará para siempre el tener coche.”[10]

No podemos olvidar lo que pasó con el mensaje de Carter cuando interpretamos estas posturas de gobiernos u oposiciones de izquierda: instalados como están en la dinámica electoralista tienen miedo de que el tipo de mensajes que habría que dar, les “reste” apoyos[11] y les haga perder las elecciones. Aunque sepan en el fondo que son mensajes necesarios, hacen sus cálculos y creen no poder convencer a la gente de que son las únicas medidas posibles, creen que los votantes van a preferir las mentiras que les hablen de salir de la crisis, de volver al crecimiento, de continuar la fiesta… O incluso les surge la duda de si no habrá algún otro factor energético imprevisto, como fue el petróleo de Alaska en el caso Carter-Reagan. En realidad es algo que tiene mucho que ver con lo que Sartre llamaba desesperar a Billancourt[12]. Y en ese caso, si les acaba pasando como a Carter y ahuyentan al electorado, no podrían gobernar para tomar esas medidas políticas, que aunque fuesen parciales y con una motivación no claramente expuesta a los votantes (me remito de nuevo al capítulo dedicado más adelante a Escenarios y estrategias de la izquierda frente al colapso), pudieran ayudar a paliar el colapso. Se ven atrapados en la trampa mortal del cortoplacismo electoral de estos sistemas parlamentarios, obstáculo social del que también hablaré más adelante (en el apartado Cortoplacismo sociopolítico).

El temor de fondo es doble: que la gente no sea capaz de entender lo que pasa, y que, en caso de poder entenderlo, no quiera hacerlo. Yayo Herrero invalida la primera parte del temor cuando dice[13]:

Cuando tienes tiempo para poner estas cosas encima de la mesa la gente lo entiende. Es perfectamente capaz de entenderlo. Si algo tienen los planteamientos de la economía ecologista y feminista es que son tan cercanos y tienen tanto que ver que son más fáciles de entender que cuando pretendemos que la mayoría entienda qué es la prima de riesgo o la Bolsa.

E incluso las cifras que nos trasmiten algunas encuestas demuestran que, de hecho, una consciencia básica y difusa del problema ya es abrumadoramente mayoritaria, aunque no haya penetrado en todas sus consecuencias y sea amortiguada por las habituales barreras de la disonancia cognitiva y de los mitos tecnólatras[14]:

La encuesta “Perspectivas de futuro de la sociedad”, realizada en diciembre de 2013 (a una muestra de 1.200 españoles y españolas mayores de 18 años), mostró que el 92% creía probable que, en los próximos veinte o treinta años, haya de reducirse drásticamente el uso de combustibles fósiles, ya sea por agotamiento de los recursos o para evitar un cambio climático catastrófico.

Pero de esa gente, sólo el 23’8% cree que habrá escasez de energía y crisis económica (es decir, apenas una de cada cinco personas del total).

En realidad no está nada mal: a un 20% de la población no le va a chocar en absoluto que se le hable de que va a haber una Gran Escasez. Esto desmonta claramente este tipo de reparos mostrados por los partidos de izquierda.

Lo que es evidente es que la gente quiere soluciones, y no resulta imaginable para los administradores de la cosa pública salir en la TV a la hora de máxima audiencia dando el mensaje de que hay un gravísimo problema con la energía si al mismo tiempo no se ofrece una solución a ese problema[15]. El mensaje debe ser, dándole la vuelta la aquel meme del entrenador de fútbol Louis Van Gaal, siempre postifo, nunca negatifo. Y ahí de nuevo, nos encontramos ante un bloqueo absoluto.

Tal vez también una parte del problema radique en la dura acusación que hace Robert Jensen[16]: “Cuando alguien me dice: ‘Estoy de acuerdo con la inevitabilidad de un colapso sistémico, pero las masas no pueden soportar eso’, asumo que lo que realmente me están diciendo es: ‘Yo no puedo soportarlo’. Este intento de evasión es sinónimo de cobardía.”

Como ya he comentado, retomaré más adelante las repercusiones de estos obstáculos en las estrategias posibles para la izquierda. En el siguiente capítulo profundizaremos en la compresión de su aspecto psicosocial.

Notas

[1] Enrique Noguero Rodríguez: “Podemos y el techo de cristal”, The Oil Crash (03/12/2014).

[2] ¿No resulta paradójico que lo que se considera posible dentro de un marco político de izquierda (el keynesianismo) se base en realidad en una imposibilidad física (el crecimiento perpetuo)?

[3] Citado en Jorge Riechmann (2015): “Transiciones y colapsos. El ecologismo social en el Siglo de la Gran Prueba”, Última llamada (10/01/2015).

[4] Véspera de Nada (2013, 2ª ed. 2014): Guía para o descenso enerxético. Preparando unha Galiza pospetróleo, p.149.

[5] Entrevista con Alberto Montero, economista de Podemos: “Hacemos propuestas que cualquier Gobierno socialdemócrata en los 80 llevaba en su programa con gusto”, El Diario (06/11/2014).

[6] Federico Ruiz (2015): “De economistas y servidumbres”, Última Llamada (19/01/2015)

[7] Serge Latouche (2012): “Can the Left escape economism?”, Capitalism, Nature, Socialism, 23:1.

[8] Jimmy Carter: Energy Address to the Nation, 18/04/1977.

[9] Por supuesto, hubo otros factores que llevaron a la victoria de Ronald Reagan, alguno de los más importantes de los cuales también estaba relacionado directamente con la cuestión del petróleo y el acceso imperialista al mismo (Lambert & Lambert, 2011). Veintiséis años después, quien había sido Secretario de Energía de Carter, James Schlesinger, declararía en una conferencia de la organización ASPO (Association for the Study of Peak Oil and gas) que el debate acerca del Peak Oil ya había concluido con la victoria de los defensores de esa teoría (“Todos somos peakoilers ahora”) (David Strahan: “We are all peakists now – Schlesinger”, blog personal, 17/09/2007). Este ex-ministro estadounidense, que también había tenido a su cargo el Departamento de Defensa y la CIA, lo repitió con frecuencia hasta su muerte en 2014: https://vimeo.com/16259773

[10] Ruiz: “De economistas y servidumbres”, op.cit.

[11] Como ha hecho notar Yayo Herrero (Yayo Herrero et alt. (2015): Debate «El Decrecimiento ante las Urnas«, I Jornadas Decrecentistas, Universidad Complutense de Madrid, 5 de mayo de 2015).

[12] Explica Latouche que Sartre usaba esa expresión para criticar la táctica del Partido Comunista Francés de no decir toda la verdad a los trabajadores si eso podía causar desmoralización. Billancourt era una de las principales fábricas de la Francia de los años 50.

[13] En la entrevista ya citada en El Diario (12/12/2014).

[14] Citada en Riechmann: “Transiciones y colapsos…”, op. cit.

[15] David Fleming (2011) decía que en las llamadas democracias existe una enorme tendencia a buscar supuestas soluciones simples, reducionistas, a los problemas complejos, que suenen atractivas y sean fáciles de explicar, en contraposición a las respuestas basadas en un pensamiento sistémico (systems thinking), es decir, holista y científico. Para el pensador y activista ecologista británico, era misión de los políticos luchar contra esa tendencia tanto en sus propuestas como en el pensamiento de otros actores sociales.

[16] Robert Jensen: “El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino”, Guerrilla Translation (10/12/2013).

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