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La izquierda ya no tiene excusa: un tercio de la población española estaría dispuesta a abandonar el crecimiento (Versión extensa)

(Esta es una versión previa y más extensa del artículo que ayer domingo día 20 de noviembre publicó el blog Última Llamada de ElDiario.es, y reproducido también en Viento Sur)

“Hablando de Decrecimiento no se ganan elecciones”, afirmaba Juan Carlos Monedero hace un par de años. Y ese temor a asustar al electorado sigue siendo representativo de la postura de la izquierda política en el Estado Español ante la disyuntiva del decrecimiento vs. productivismo, una de las cuestiones más fundamentales y urgentes de nuestro tiempo, como puso de relieve —también en 2014— el manifiesto Última Llamada. Pese a haber sido firmado este relevante texto —cuyo doble objetivo era advertir contra la inviabilidad del neokeynesianismo que impregna (aún) el discurso de la izquierda e introducir la narrativa de la crisis civilizatoria (y no simplemente económica)— por diversos representantes políticos de la izquierda, como el propio Monedero, Pablo Iglesias, Alberto Garzón, Cayo Lara, Ada Colau, Teresa Rodríguez o Xosé Manuel Beiras, la resistencia a asumir sus planteamientos de urgencia civilizatoria se hizo evidente en los programas políticos de las posteriores citas electorales, en los que apenas sí se lograron incorporar en una versión light conceptos como el de la transición energética, sin reflejarse de un modo coherente, profundo y trasversal en un abandono del tótem-fetiche del crecimiento del PIB como principal objetivo político, al que se sigue supeditando cualquier posible mejora social. ¿Cuál es la razón esgrimida para esta incongruencia entre firmar manifiestos poscrecentistas y seguir defendiendo programas para el crecimiento? La respuesta habitual que se nos suele dar a los activistas del Decrecimiento, del ecologismo social y político y de otros entornos conscientes del colapso termodinámica derivado del declive energético fósil, es que la ciudadanía aún no es consciente de estos problemas, que no está preparada para recibir un discurso radicalmente nuevo al respecto, y que por tanto unas propuestas políticas basadas en parámetros poscrecimiento, no serían comprendidas y supondrían, con toda seguridad, un fracaso electoral. Bien, pues resulta que, en realidad, la suma de los apoyos a las principales fuerzas de izquierda en España representa (según la última encuesta del CIS) un 39%, prácticamente el mismo porcentaje de población que, según nos acaba de revelar un estudio, estaría dispuesta a renunciar al crecimiento para salvaguardar la sostenibilidad, una opción que hasta ahora estaba sorprendentemente ausente de las investigaciones socioeconómicas.

encuesta-decrecimiento-espana-spain-degrowth-opinion-pollEl estudio, dado a conocer el pasado día 7, lleva por título “Public views on economic growth, the environment and prosperity: Results of a questionnaire survey” y ha sido publicado en la revista Global Environmental Change. Sus autores, Stefan Drews y Jeroen van den Bergh, investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universitat Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) han evaluado la opinión pública sobre el crecimiento económico, el medio ambiente y la prosperidad mediante una encuesta a un millar de ciudadanos españoles. Los resultados seguramente sorprenderán a los líderes de nuestras formaciones de izquierda, pues demuestran que, lejos de ser una propuesta extraña a la opinión pública, el decrecimiento es asumido —por activa o por pasiva— como una opción preferente para el 37% de las personas en este país: el 21% se ha mostrado a favor de ignorar el crecimiento como objetivo político (a-crecimiento), mientras que el 16% apostaba por detenerlo por completo (decrecimiento). Entre las personas encuestadas, sólo el 4% expresó una clara e incondicional apuesta a favor del crecimiento (crecimiento a cualquier coste). Un considerable 44% cree que el crecimiento económico podría detenerse en los próximos 25 años, lo cual confirma lo que ya había mostrado la encuesta Perspectivas de futuro de la sociedad, realizada en diciembre de 2013: que el 92% creía probable que en los próximos veinte o treinta años, hubiese que reducir drásticamente el uso de combustibles fósiles, ya sea por agotamiento de los recursos o para evitar un cambio climático catastrófico. No obstante, aquella encuestra demostraba que aún quedaba camino por recorrer para la plena consciencia de las consecuencias derivadas de esa situación: sólo el 20% creía que habría escasez de energía y crisis económica a consecuencia del final de la Era de los Combustibles Fósiles.

¿Qué reacción cabe adoptar en las organizaciones de izquierda (partidos y sindicatos) ante estos datos que revelan su error de cálculo estratégico, su distorsionada percepción de lo aceptable socialmente? Si realmente consideran que las posturas peakoilers, decrecentistas y del ecologismo social están lo cierto, ya no pueden aferrarse a la disculpa de que la gente no lo comprendería o, en caso de comprenderlo, no estaría dispuesta a aceptarlo. Al respecto del primer temor, advierte Yayo Herrero de que “no tratarlo ni explicarlo es un riesgo enorme porque puedes estar generando ilusión sobre un conjunto vacío. Y la gente no es idiota: las personas nos merecemos un respeto y cuando se nos explican las cosas las entendemos”. Y al respecto del segundo, el estudio de Drews & Van den Bergh ha echado por tierra la presunción de que la renuncia al crecimiento es inaceptable para la población, demostrando que la sociedad está —en un porcentaje aún no mayoritario pero sí muy importante— más avanzada en el cambio de paradigma económico que sus supuestos representantes. Sus conclusiones debemos reconocer que nos han sorprendido incluso a quienes venimos reclamando la apuesta por el Decrecimiento desde hace tiempo. Como muestra, esta afirmación de Federico Ruiz: “Los votos afluirán en masa a quien asegure que, con él en el gobierno, se podrá volver a cambiar de coche cada cinco años, no al que avise que se acabará para siempre el tener coche.” Y es algo que en el fondo todos dábamos por cierto; pero por lo visto habíamos subestimado la percepción social de la necesidad de detener el crecimiento para lograr evitar un colapso traumático, no supimos ver los cambios que se estaban produciendo ya en el imaginario social. En realidad no debería extrañarnos porque el sentido común es un factor de la psique humana sumamente resistente: es vox populi que la tierra es finita y que sólo las plagas y el cáncer crecen sin fin, y que todo ser vivo, todo metabolismo biológico o social, debe crecer sólo hasta un determinado punto para después estabilizarse y simplemente mantenerse. Es decir, que el crecimiento siempre es una etapa transitoria, y que en algún punto debe detenerse. Aunque tampoco conviene engañarse con el alcance de dicho sentido común o de la percepción real del punto sin retorno medioambiental y civilizatorio en el que estamos. Aún queda mucha pedagogía que hacer para desmontar los mitos suicidas insertos en nuestra moderna cultura tecnoindustrial y consumista: el mismo estudio citado nos muestra que casi el 30% cree que el crecimiento podría ser infinito gracias a “la tecnología” y “el ingenio humano”, al tiempo que el oxímoron del “crecimiento verde” es asumido por la mayoría.

En mi libro La izquierda ante el colapso de la civilización industrial: Apuntes para un debate urgente (La Oveja Roja, 2016), además de analizar estos y otros obstáculos para el surgimiento de una izquierda poscapitalista, postindustrial y poscrecimiento, planteo las posibles estrategias que podría adoptar una nueva izquierda consciente del obligado final del crecimiento, y las clasifico en estrategias francas (que optan por decir la verdad a la cara), hipócritas (que son conscientes pero optan por esconder la realidad bajo discursos más clásicos), progresivas, liquidadoras, etc. con sus diversas subclasificaciones. Es decir, existen diferentes vías para la adaptación estratégica e ideológica de la izquierda a unas perspectivas socioeconómicas de final del crecimiento y de decrecimiento controlado democráticamente, como alternativa al declive caótico o gobernado por las élites en su propio beneficio. Caben diversas maneras y ritmos para abordar el encaje de las necesidades inmediatas de la sociedad (el pan, trabajo, techo… para hoy) con la construcción de resiliencia a medio-largo plazo ante la inevitable reducción de complejidad civilizatoria que algunos denominamos colapso (el pan, ¿trabajo? y techo… para mañana).

Cabría incluso apreciar la ventaja que supone para la izquierda del Estado español realizar ahora esa adaptación desde la oposición, haciendo de la necesidad virtud, y aprovechando que quien sufrirá el desgaste de gobernar desde parámetros imposiblemente productivistas y crecentistas, quien será golpeada por el creciente malestar y frustración social de esa promesa rota del progreso material infinito será la derecha. Si la izquierda no lo sabe aprovechar, debemos prepararnos para convulsiones políticas como el Brexit, la victoria de Trump en los EE.UU. o el auge de la extrema derecha en diversos países europeos. Considero que los partidos políticos de izquierda lo tienen mucho más fácil desde la oposición para contribuir a esa necesaria pedagogía social de la que hablábamos, y así realimentar y reforzar dinámicamente ese cambio de imaginario social que ya se está produciendo, especialmente entre su propio electorado: el estudio de Drews & Van den Bergh muestra que son las personas con valores más conservadores, más religiosos y de centro-derecha las que mantienen puntos de vista especialmente fuertes a favor del crecimiento. Esa “tarea de concienciar socialmente, hasta que el sentido común sea mayoritariamente decrecentista ” que decía Alberto Montero, de Podemos, bien podría comenzar, por ejemplo, con la creación de una comisión para analizar los límites del crecimiento, análoga a la del Parlamento británico y que ya estamos intentando que se impulse a nivel gallego.

En consecuencia, sea cual fuere el tipo de estrategia por el que opten para ello, resulta ineludible realizar dicha adaptación del discurso y del programa político de las fuerzas de izquierda. Cuentan con una ventaja estratégica decisiva: los hechos, el devenir de los años de declive energético y material que tenemos por delante, sólo pueden desengañar a quienes creen que es posible compatibilizar crecimiento y sostenibilidad, sólo pueden favorecer que ese tercio de la población se convierta en una mayoría que reclame cada vez con más fuerza algo radicalmente diferente. Ahora, además, tienen la constantación de que se ha esfumado la principal excusa que tenían para negarse a asumir este reto histórico: sus votantes comprenden y aceptan que es posible vivir bien sin crecimiento económico. Se ha abierto una importante brecha en la narrativa mainstream a favor del crecimiento perpetuo que la izquierda puede y debe aprovechar para romper de una vez este sistema capitalista que nos conduce a la catástrofe antes de que sea demasiado tarde.

2 Comments

  1. Al primer país que se le ocurra elevar al Gobierno a un partido que proponga no-crecimiento se lo comen el resto de países.
    ¿Para cuando una internacional decrecentista integrada? ¿Acaso es una contradicción?

  2. No estoy de acuerdo en que deba ser necesariamente así. De hecho he defendido repetidas veces que no se espere a consensos en marcos amplios para abandonar el petróleo (ahí está el Oil Depletion Protocol, que defiende precisamente que tiene ventajas su adopción incluso en un solo país), para encarar el decrecimiento de una manera ordenada y democrática, etc.

    Lo cual no quita para que pudiese ser muy interesante esa Internacional Decrecentista… no eres el único que piensa en ello, tenlo por seguro.

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