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La religión científica

Podemos pensar en el concepto de una religión científica desde dos sentidos opuestos: por un lado la cultura moderna del mundo industrializado tiene una fe verdaderamente religiosa en la ciencia, o más bien deberíamos decir en la técnica, a la cual atribuye poderes que la propia ciencia real niega (sin ir más lejos el poder de sustituir una fuente energética con más tecnología). Y de ahí, de ese camino que comenzó como luz (Ilustración = Las Luces) en tiempos oscuridad (oscurantismo = superstición religiosa) vamos poco a poco llegando al borde de una abismo, cegados de tanto mirar para esa luz.

Sin embargo, existe otro sentido posible para la idea de una religión científica. Cada vez doy más en pensar que quizás lo que necesitamos para sobrevivir sea un nuevo tipo de religión de base científica, y no quiero decir de base fantacientífica como la Cienciología (¡Dios ;-) me libre!). Me refiero a una religión no basada en revelaciones ni en mesías, ni en la vida eterna u otras ideas metafísicas y trascendentes, sino una religión de la vida, una religión que explique, anclada en la Física, la Biología, la Ecología… nuestro papel como elementos de la biosfera. Sin cielos ni infiernos ni dioses.

Pienso con más asiduidad en ello después de haber leído la magnífica ¿novela? El Oráculo de Gaia. Si necesitamos un marco cultural-moral que guíe nuestro comportamiento como individuos, como comunidades y como especie (lo cual parece claro visto a dónde hemos llegado con el marco actual); y si por más energía y ciencia que hemos venido gozando (derrochando) durante estos pocos siglos desde la Ilustración —y su compañera inseparable la Revolución Industrial—, no hemos sido capaces de crear ese marco moral sino más bien de crear una antirreligión, el culto satánico hegemónico de la fe en el progreso continuo, de la arrogante separación del hombre con respecto al resto de la biosfera, del poder mágico de la tecnología y/o del Dios Mercado, de la hybris desbocada, etc… ¿No será que necesitamos buscar otra vía radicalmente distinta, y además con urgencia?

Si en el futuro no vamos a disponer de una energía neta suficiente para sostener un sistema complejo como el actual, una civilización con cientos de miles de científicos y educadores, con recursos para investigación avanzada, con tecnologías sofisticadas para escrutar y explicar el mundo… ¿No será necesario crear, como sustituto mucho más práctico y modesto, un conjunto de relatos y de normas que expliquen el mundo y cómo debe el ser humano vivir en él para no destruirlo (para no destruirse)? Algo así como la religión gaiana de que se habla en el libro que he mencionado y que no puedo dejar de recomendar (¡yo también!) a toda persona que se haga estas mismas preguntas… Porque de otro modo, dado que la ciencia moderna no podrá sobrevivir sin esa extraordinaria energía extra —y si lo hace en algunos lugares privilegiados no tendrá la capacidad de llegar con su mensaje y su relato racional a todos los rincones donde la humanidad intente construir nuevas sociedad por entre las ruinas de esta—, sólo podría quedar en su lugar la superstición más oscura, que evolucionaría de manera libre y buscando el sentido de la existencia a ciegas durante quizás miles de años. Porque el ser humano necesita explicarse el mundo, y si no lo hace el chamán de la tribu o el cura desde el púlpito ni la TV después de cenar… alguien más lo hará. ¿Por qué no crear ahora que podemos —y seríamos bastante capaces— un relato coherente, basado en la explicación racional y científica del mundo y de la Vida, pero con la forma sencilla de los relatos culturales (mitos) que la humanidad ha ido elaborando como canales de máxima eficiencia para la trasmisión de valores, normas, tabúes y otros memes morales?

Es una pregunta que no dejaré de hacerme mientras miro al pasado de la historia de las religiones y su papel en las civilizaciones que fueron más sostenibles que la nuestra, al presente de los mitos omnicidas con los que comulga la inmensa mayoría, y al futuro de nuestros hijos; una reflexión en la que me siento cada vez más acompañado. Ojalá encontremos alguna respuesta antes de que perdamos la oportunidad y los recursos que ahora tenemos.

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La inefectiva estrategia del logos

Si el sistema hegemónico se fundamenta en premisas esencialmente irracionales y anticientíficas (la posibilidad del crecimiento perpetuo, la infinitud de los recursos, la separación del hombre y su economía del resto de la biosfera, el poder mágico de la tecnología…), ¿por qué pensamos que un llamamiento racional y basado en argumentos científicos podrá evitar el suicidio colectivo al que nos dirige dicho sistema? ¿No será más eficaz apelar al mythos además de al logos, para derrotar a la delirante Megamáquina capitalista-industrial en su propio terreno de juego? Es en ese terreno de las creencias irracionales —y no en otros donde tendríamos ventaja como el sentido común o la ciencia— donde se juega el futuro de la Humanidad.

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La civilización carroñera-reparadora

Nos dirigimos a una nueva civilización que podríamos denominar carroñera-reparadora.

Carroñera porque vivirá de los restos del cadáver de la civilización industrial que ahora comienza aceleradamente a morir, quizás durante generaciones. Nuestros hijos y nietos harán uso duradero y creativo de los millones de elementos industriales que nosotros vamos a dejar. Miles de mercadillos pondrán en circulación los últimos productos producidos por las fábricas antes de su cierre: desde ropa a utensilios de metal o plástico, pasando por todo tipo de elementos no perecederos. Dominará la economía la producción de alimentos y el comercio de productos heredados de la Era Industrial. Así, por ejemplo, no hará falta fabricar una sola tijera durante quizás cientos de años, porque las ahora existentes seguirán disponibles para la civilización que nos suceda. Quién sabe si cuando haga falta fabricar artesanalmente de nuevo una, habrá alguien que sepa hacerlo y el conocimiento se podrá extender de un lugar a otro, de una cultura local a otra. La interrupción del saber tradicional que ha supuesto la civilización industrial-capitalista-consumista al tiempo que ha proporcionado elementos construidos gracias a la inmensa emergía disponible en la Era de la Energía Fósil, obligará a reconstruir innumerables saberes, muchas veces partiendo de cero, si no nos preocupamos ahora de salvaguardar algunos conocimientos básicos de manera eficaz para trasmitirlos a la civilización postindustrial.

Y será reparadora también porque deberá ocuparse, por su propio bien y mera supervivencia, de arreglar el desastre planetario que ha puesto en marcha nuestra delirante civilización, comenzando por la suicida devolución a la atmósfera del carbono secuestrado durante eones en forma de carbón, petróleo y metano. A esto podríamos añadir una vergonzosa lista de destrucción a favor de la entropía: agotamiento de acuíferos, destrucción de suelo fértil, eliminación de la biodiversidad, difusión de contaminantes persistentes (incluidas las basuras radioactivas…), etc. Lo normal es que los padres sean quienes arreglen los desaguisados de sus hijos, las consecuencias de sus irresponsables travesuras de infancia y adolescencia… Pero en ese caso tendrán que ser nuestros hijos y nietos los que arreglen el caos que hemos creado nosotros. En el caso de los residuos radiactivos generación tras generación tras generación se acordarán aún de nosotros y nos odiarán en sus cuentos y canciones como responsables de haber creado zonas malditas en el planeta (donde quien se atreva a entrar contraerá mortales enfermedades) …o quizás incluso algo peor.

…Tristes y duras misiones para una nueva civilización.

(Ilustración: Dave Bezaire & Susi Havens-Bezaire)

Red social vs. comunidad virtual: una victoria léxica neoliberal

La sustitución del término original comunidad virtual (o, alternativamente, comunidad online) por el actualmente triunfante de red social, no es inocente. Supone una clara victoria en la batalla de las palabras por parte del tecnocapitalismo neoliberal, que así consigue eliminar el peligroso concepto de común/comunidad implícito en la denominación original de este tipo de sitios web. Al pensar en red social nos fijamos en la estructura, en el continente, y no en el contenido, en el ente constituido mediante dicha estructura, que no es otro que una comunidad de personas unidas por algo en común.

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De hombres, animales y hongos

El ser humano moderno (y posmoderno) se cree muy listo, excepcional, por encima del mundo natural. Sin embargo nos dedicamos constantemente a imitar arquetípicos comportamientos animales: el no-querer-saber de las avestruces, el machoalfismo de los (otros) grandes simios, el gregarismo de las ovejas, la voracidad de las langostas, la crueldad de lobos, hienas, tiburones o buitres… Pese a eso, sin duda, a quien mejor imitamos como especie no es ningún ser del Reino Animal, sino un hongo: las levaduras del mosto.

(Fuente de la imagen de cabecera: Wikimedia Commons.)

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Los Cuatro Jinetes de la Extralimitación (The Four Riders of the Overshoot)

(Idea procedente de mi texto «Nosotros, los detritívoros».)

Los Jinetes del Apocalipsis son la representación metafórica de los mecanismos de corrección ecológica —conocidos desde la Antigüedad— que se ponen en marcha cuando coinciden una población demasiado densa con una escasez de recursos, es decir cuando se entra en una situación de extralimitación de la capacidad de carga (overshoot).

El profesor Albert Bartlett afirma contundente en el documental Blind Spot (Doring, 2008): “And, of course, if we don’t stop population growth, Nature will. And it’ll be the Four Horsemen of Apocalypse: it’ll be disease, war, famine and that sort of thing”. Dicho documental concluye con la siguiente reflexión de Derrick Jensen: “The World’s saying: ‘Look, you got a choice: you can either fix it or I can fix it. And if I fix it, you’re not going to like it, because I’d through everything away. And ‘everthing’ means most of us.”

La verdadera eficiencia energética

Sabemos que todos los honestamente preocupados por el callejón sin salida energético en que se encuentra la Humanidad, buscan y enarbolan el Santo Grial de la eficiencia energética, pero muy pocos de ellos se fijarán en que una de las medidas más importantes que cabría tomar para buscar esa mitificada eficiencia sería muy simple y no requeriría ninguna nueva tencología: consistiría simplemente en acercar a los seres humanos a los lugares donde se producen los alimentos que consumen.

Esta —en teoría simple, pero en la práctica política y socialmente mucho más complicada— medida de redistribución de la población implicaría un ahorro descomunal en trasporte, procesado, tratamiento, almacenamiento de alimentos. La verdadera eficiencia está en un sistema que acerca los consumidores al producto consumido, es decir, trasladar al ser que se alimenta allí donde está su alimento (una sola y definitiva vez) y no el alimento (miles de veces) a donde está el ser. Vendría a ser, si se me permite la comparación ganadera, como la diferencia entre la ganadería extensiva donde los animales viven cerca de sus pastos, o directamente en ellos, y la ganadería industrial donde viven estabulados (ciudades, en el caso humano) por comodidad de los criadores (nuestras élites capitalistas) y a donde hay que llevar con descomunal gasto energético, piensos cultivados a miles de kilómetros y procesados para facilitar dicho trasporte.

Eficiencia, sí, claro. Pero de la de verdad.

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¿Cómo nos proponen los partidos actuar acerca del «Peak Oil» desde el Parlamento Europeo?

Ayer se publicó en el diario digital gallego Praza Pública un artículo que llevaba semanas preparando acerca de cuáles son las propuestas que nos ofrecen las distintas opciones electorales de cara a la cita del domingo 25. Hoy quiero dar a conocer los textos completos de las respuestas dadas, para quien pudiera querer conocerlas, en formato PDF apaisado.

Hago notar que el artículo también estaba previsto que saliera publicado en castellano en El Diario, pero en el momento de publicar este post aún no lo he visto aparecer. [ACTUALIZACIÓN 2014-05-23: Parece ser que lo publicaron precisamente el miércoles, pero pasó bastante desapercibido en la sección de Galicia, cuando trataba un tema de interés para todos los votantes del Estado y las candidaturas son a nivel español]

¿Es posible evitar el colapso? (Reflexión I)

Dándole vueltas a esa pregunta de cara a la jornada a la que me han invitado el 24 de abril en Madrid, me pregunto de qué colapso hablamos. Quizás, habituados al sistema único (pensamiento único, modelo económico único, cultura única) que ha traído la civilización del petróleo nos hemos acostumbrado a usar el singular, pero si algo terminará con el fin del petróleo (barato, en principio; más tarde el fin absoluto del uso del petróleo) será esa uniformidad, ese monolítico sistema-mundo que conocemos por diversos nombres, p.ej. la civilización industrial-capitalista. Con el fin de la globalización, los sistemas sociales y económicos dejarán de estar sincronizados e hipervinculados por flujos permanentes de materiales, energía, dinero y personas. Aunque no todos los flujos se rompan simultáneamente ni lo hagan a la vez en todos los lugares, sí que comenzarán a surgir de nuevo diversos sistemas (nuevos sistemas-mundo o sistemas-biorregión, quizás con más propiedad) que irán divergiendo cada vez más a medida que cada lugar del mundo deba buscarse la vida sin petróleo, sin mundialización, sin comercio internacional, sin export-import como base del desarrollo. Entonces ¿cabría hablar de el colapso o más bien de los múltiples colapsos, a diversos niveles y en diversos tiempos y lugares? El colapso no será simultáneo ni ubicuo: a diferentes ritmos, con diferentes profundidades, el modo de vida que conocimos durante el último siglo irán desapareciendo dando lugar a formas probablemente muy diversas en cada lugar, adaptadas a sus características biofísicas, a sus propios recursos, a su propio devenir socio-político-económico; es decir, volveremos a lo que fue la norma durante el resto de la historia de la humanidad. Lo que venimos llamando muchos El Colapso será en realidad un prolongado proceso de colapsos mayores y menores, aquí y allá, hasta que un mundo totalmente nuevo emerja de las cenizas del capitalismo industrial. Un mundo que será terrible o esperanzador también según el lugar y el momento. Un mundo que tenemos que construir en cada lugar desde ya mismo. El colapso ha comenzado: el nuestro y el de millones más.